sábado, 9 de septiembre de 2017

Las hojas muertas

Caen las hojas, decimos ahora que el otoño de bronce y oro se aproxima. Pero el hombre de la sierra  dice, en cambio, que el árbol "tira" la hoja. Y el contraste entre dos visiones de la naturaleza se despliega ante nosotros con este simple intercambio en la función del sujeto y el predicado. El flaneur de la ciudad baudeleriana, el hombre de las multitudes, es normal que haya encontrado en la hoja, múltiple, diversa, innúmera, una cifra de su destino individual  y, al mismo tiempo, enlazado al de sus infinitos congéneres. La hoja cae por esa pulsión suicida según  la cual incorporamos un resto de voluntad al hecho propio de morir. En el campo sin embargo el árbol tira la hoja, que se suceden como las generaciones de Homero. Frente a la naturaleza áspera importa la voluntad colectiva, el ego se desvanece y todo sirve a los inmutables ciclos del universo, a la gran rueda del cielo donde lo único fijo es el eje. El tronco del árbol que ya estaba allí y que allí seguirá hasta el final de los tiempos, cuando la última hoja haya sido arrojada al Gehenna.


Escorial, 13 de agosto 2017

viernes, 8 de septiembre de 2017

Blanco (II)

“Bajando estoy el valle de la vida…”, ¿hacía ya cuántas décadas había escrito estas palabras en aquella lengua para la que no estaba destinado? Miraba la nieve. Todo era ya blanco. Blanco como aquella estrechez misteriosa de las callejas encaladas por las que había perseguido en su juventud el claro perfume de las varas de limones y naranjos cuyas copas lejanas, separadas por las altas tapias de los conventos, también se cubrían de copos delicados, frágiles como su corazón de niño consentido por unos padres amorosos a los que había defraudado. 

¿Defraudado? ¿Puede haber fraude cuando se ha de escoger entre la verdad o la vida? Ahora sabía que sí, pero también que nada había sido en vano y que había sido necesario tomar la diligencia de Madrid, abandonar la fe, entregarse a los excesos de la carne y la política, huir frente a las bombardeadas costas de la patria, cambiar de idioma -aunque vagamente hubiera sido también siempre el de su sangre- cambiar de religión, cambiar de nombre y otra vez cambiar, cambiar, cambiar de isla, de credo, de familia. Errante la conciencia iba consigo y había sufrido mucho por su causa, un sufrimiento que los hombres acaso no merecían. Y por eso ahora, viejo y decrépito, en paz con Dios, en paz con su conciencia, pero no con los hombres, nunca, solo con algunos fieles escogidos pensaba en su madre, en sus canciones, en su carácter alegre y espontáneo y en su padre, grave, circunspecto, de ideas firmes. 

Toda la blancura ante sus ojos se transformó en un cuadro del pasado y él era un niño que pisaba la nieve, hecha ahora de la luz del mediodía, y corría a abrazar las negras trenzas de su madre que guardaban en su radiante oscuridad todos los perfumes de la
honda Andalucía, la penumbra de la Catedral y la blancura del incienso. Todo era blanco, sí, todo era blanco como el santo sacramento que había traicionado.

[Continuará...]
"La Torre del Oro", David Roberts, Museo del Prado.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Presentación de "Historias" de JRJ


lunes, 4 de septiembre de 2017

Blanco (I)

“El crepúsculo nórdico, lento, exige
 A su contemplador una atención asidua” 
 (Luis Cernuda, “Desolación de la Quimera”) 

A duras penas pudo apartar los visillos para contemplar el paisaje, rojizo por el último sol de la tarde: el hayedo lejano, desprovisto de hojas, como un ejército de esqueletos apostado sobre las lomas cobrizas y, más cerca, bandas sucesivas de árboles y prados de un verde oscurecido.

Se miró las manos nuevamente, como había hecho hacía un instante cuando había dejado caer al suelo la última taza temblorosa de té. -No volveré a escribir-, pensó mientras observaba los dedos engarrotados, viejos y sarmentosos. 

Aunque los días no eran enteramente tristes, porque la visión del campo elevaba su espíritu, pensó que en otras fechas y en muchas más casas y lugares de los que su mente nublada podría recordar ahora, habría hecho sonar el violín. -¿Qué habría tocado? –se decía-. Seguramente alguna romanza de su tierra, una de aquellas coplas de su madre cuya espontánea alegría aún llevaban después de tantas décadas, algo de calor a su corazón. 

Hacía frío y los ventanales se habían empañado por el humo del té. Oscurecía, pronto alguna de las almas amigas que lo cuidaban acercarían a su sillón una lámpara de aceite, pero apenas tendría fuerza para leer. Aunque era ya avanzado el mes de febrero le pareció que nevaba. Acercó los ojos, vivos como candelas al mirador y con el puño apartó el vaho de los cristales. Algunos copos breves se mecían como pétalos o plumas, zarandeados por el aire. 

Nevaba. Sí, nevaba mansamente en Inglaterra.

[Continuará...]

"Old Sarum", acuarela de John Constable

Apoteosis de la Monarquía Española

Madrid, julio 2015


                                    (Oda nueva a Madrid)

Aquí no ruge el mar, pero brama Neptuno,
galopa entre las olas de los cielos de Breda
y las frondas ubérrimas del Paseo del Prado.

No rompe el sol tampoco sobre playas eternas,
mas arde sin embargo en torres y vitrales
la luz del Guadarrama como el toisón de oro

que los cielos imponen a la villa manchega
en la Plaza de Oriente donde un galeón varado,
adarga antigua y lanza, se pudre en astillero.

El Manzanares, manso desde los siglos de oro,
sacude su testuz de mulo encajonado
y, Castellana arriba, como un río a raudales,

ajenos al ocaso, ruedan coches sonámbulos.
(Bajo mil galerías seis millones de topos
horadan como esclavos los túneles del metro).

A  veces me imagino que el Palacio se eleva
igual que un dirigible que hubiera roto amarras
por el campo del Moro y las nubes de Tiépolo

y agito mi pañuelo de sangre y dos de mayo
cuando cruza su sombra por la Puerta del Sol
lo mismo que una nave espacial y nodriza.

Asomada al abismo nos saluda Letizia
-la princesa está triste, quiere dar la primicia-
y decimos adiós y decimos adiós.



Apoteosis de la Monarquía Española, Tiépolo, Palacio Real de Madrid



L. Boccherini: La Musica Notturna delle Strade di Madrid - Op. 30 n. 6 (G. 324) / J. Savall

domingo, 27 de agosto de 2017

Un melocotonero

Mira las ramas verdes de este árbol
que no dudó jamás y entre sus hojas
levanta al sol los frutos ya maduros

al final del verano cuando exhausta
aún la raíz bombea hacia la pulpa
el azúcar profundo de la tierra.

Corta el frágil pedúnculo del tiempo,
muerde esta carne de ámbar y crepúsculo
henchida de dulzura y de verdad.

Es inútil rogar otra certeza
que la de esta materia consagrada,
esta ofrenda de luz y de sabor.

Vuelve a nacer en ti como la espuma
de sus pétalos rosas en invierno
y alza un canto continuo que sea digno

de los dones que otorga la mañana
de estos lentos planetas que enrojecen
sobre el altar frutal de la conciencia.


Melocotonero en el Valle de Ararat /Fuente: Wikipedia)
Cuatro últimas canciones de Richard Strauss,
Gundula Janowit
Director  Herbert von Karajan (Filarmónica de Berlín)

lunes, 7 de agosto de 2017

Back to black

                                              (Amy Winehouse)

Sube esta voz de los pantanos,
de la garganta honda de la ciénaga,
como una niebla densa y ponzoñosa.

Te insufla en los pulmones su toxina
que lentamente repta por las venas
inundando tu sangre de amargura.

Retornas a lo oscuro, ves tu alma
con toda claridad, en blanco y negro,
como un tumor en la radiografía. 

Es inútil huir, te has condenado.

Hundido en las arenas movedizas
eres la fruta extraña de la muerte
que devora tu carne en los manglares.

(Has cerrado los ojos sobre el fango
y florece una orquídea en tus oídos.)

Amy Winehouse: "Back to black"

martes, 11 de julio de 2017

Un patio

Sobre la blanca costra de este muro
una cresta de sol y viento altivo,
a lo lejos, el mar de los olivos
y la costa de sal y el cielo puro.

Esta luz andaluza, rayo duro,
claridad de los muertos y los vivos,
combate en los zaguanes pensativos
las hondas andanadas de lo oscuro.

El cristalino acento de la fuente,
rana de barro y patriarcal helecho
amplifica las horas lentamente.

Un alto limonero alza su techo
de frutos amarillos y turgentes,
y un jugo amargo cae sobre el pecho.

Limonero, JMJ, junio 2016

jueves, 29 de junio de 2017

Última canción de junio

Joao Gilberto (“Desafinado”)

Quiero escribir así,
                              desafinado.

Una canción muy triste,
pero alegre, como el ocaso.

Como el sueño de una noche
                                               de verano.
Un sueño melancólico y claro.

Con la nítida luz de los aviones
                                                  sobre el océano
-flor de cristal
 y aeropuerto diáfano-.
                                              
Que tenga la nostalgia
                                    turbia de los acuarios
y latidos impares
                           como los pájaros.

Desafinado.
                    Azul desafinado.





"Desafinado", Joao Gilberto

Magnolia

Hoy he cortado una magnolia[*] triste.

La miro envejecer, como envejece el oro,
contemplo mansamente la belleza que expira
y cifro mi destino en su destino.

¿Abrevarán en mí los raudos colibríes del olvido?

¿Las pacientes abejas de la muerte?
________________________________________________

[* Sabemos por los libros de botánica
que estas flores surgieron hace mucho:
en un planeta pródigo en prodigios
no había abejas aún ni colibríes,
enormes y pesados coleópteros
cargaban con los pólenes a cuestas
de un árbol a otro, lo que explica
la consistencia tersa de sus pétalos
tallados sobre el mármol por Bernini.

Hicieron de la jungla paraíso,
su blancura amarilla, verde y clara
-una honda fragancia de ondas cítricas-
coronaba los árboles espléndidos
como trajes de novia en miniatura,
como lunas de noches encendidas
sobre un haz de hojas esmaltadas,
igual que un broche de René Lalique.]

Magnolia, 26-28 de junio 2017
Magnolia y pájaros por Audubon


domingo, 18 de junio de 2017

Fandiño

Lo que más me conmueve en la muerte de Iván Fandiño es la libre aceptación de su destino. Como todos los toreros, cuyo rostro grave y circunspecto vemos cada día en las corridas, "sabía" que podía morir. Nosotros nos olvidamos de ello, pero ellos conviven diariamente con la muerte y prefieren, como dijo Rilke, "morir su propia muerte", no la muerte de los médicos o de los accidentes de tráfico.

Invocar a la muerte, la diaria convivencia con ella, engrandece la condición humana. Desde una perspectiva existencialista ya advirtio Heidegger que el hombre es "un ser para la muerte", dar sentido a la muerte es una parte no menor de la tauromaquia, que exige regularmente este tributo de sangre, inapelable.

Este es el único reparo moral que puedo encontrar yo en los toros, lo único que justificaría su prohibición, pero sería impugnar el libre albedrío, que nos permite cada minuto decidir ser bueno o malo. Yo entiendo que desde un punto de vista racional o ilustrado una lectura litúrgica y sacrificial, pueda escandalizar a los bienpensantes del siglo XXI, pero el hombre no es racional y las razones del corazón son pascalianamente ininteligibles.

Engrandece el héroe esta fiesta ancestral, como aquel aviador irlandés de Yeats que preveía su muerte y la igualaba con su vida, ese tumulto entre las nubes; entre las plazas y las dehesas en el caso de Iván. 

Comprendo, por otro lado, la perspectiva animalista, porque a mí me emociona tanto como al primer abolicionista la muerte de un animal; pero no puedo evitar pensar que esa humanización de la naturaleza no deja de ser una operación humana, una transferencia de nuestros buenos sentimientos a un universo, lo animal, donde no rigen las leyes morales. Mientras exista dolor humano en el mundo creo que los esfuerzos por abolir la tauromaquia merecen empeños dignos de más alta causa. Pero no deja de ser una opinión, comprendo su rechazo porque lo tuve de niño y amo al reino animal, como al vegetal y al mineral. 

¿Por qué entonces soy taurino? Por razón de belleza, desde luego, pero creo que, sobre todo, por una cuestión moral, la de quien evidencia que la vida humana es tan sagrada que puede y debe ser entregada por los demás. Podrá no haber toros, pero siempre habrá toreros, héroes capaces de vivir con la compañía de la muerte, señalando con la luz de oro de su traje, la que comparten con el sacerdote y el militar, que la muerte no es el final y que, si acaso lo es, merece la pena sacrificarla por nuestros semejantes y hermanos. 

Descansa en paz, Iván, 

Paz para el héroe.

martes, 13 de junio de 2017

Cuarto de estudio

Por este alféizar
se fugaron los sueños 
que no soñaste. 

Noches en vela
robadas a la vida
para la muerte.

La sombra habita
bajo la vieja almohada
que te recoge.

Ahora que has vuelto
¿quién te envía a los buitres
de la memoria?

Honda es la noche,
sin ninguna esperanza
ni perspectiva.

Mira, eres tú,
otra vez reclinado
bajo tu flexo.

Era tu alma
esa luz mortecina
sobre la calle.

Acaso el sol,
pero nunca venía,
pudo salvarte.

Solo la música
y sus ondas oro
te dieron luz.

En lo profundo
aún palpita su júbilo
dulce y narcótico.

Huye en la góndola
de la antigua belleza
sin ser notado.

Acaso el sol.


Madrid, junio de 2017

martes, 23 de mayo de 2017

Gusanos y gusanito



En la caseta nº 28 de la Feria del Libro de Sevilla, librería EL GUSANITO LECTOR, en la Plaza Nueva hasta el próximo domingo, esta a la venta "Gusanos de seda".

Luego seguirá a la venta en esta maravillosa librería de la Calle Feria.

Los gusanos de seda se sienten felices con su amiga la oruga de oro.

martes, 16 de mayo de 2017

Queridos toscanos

... nos vemos en un rato.

A las 19.30 en la Biblioteca de Sevilla, con Gonzalo Gragera.

¡Gracias Gonzalo!


miércoles, 10 de mayo de 2017

La puerta prodigiosa


Este jueves 11 de mayo a las 20:00h debes pasarte por la Casa de la Provincia para hacerte con una llave misteriosa. 

Mira el cartel de más abajo, es una fiesta.

¿Qué puerta abre esta llave misteriosa de Lutgardo García Díaz?

Las llaves misteriosas, esto es, las que están llenas de misterio -no las llaves escondidas- abren solo las puertas prodigiosas, a saber: las del Príncipe en la Maestranza, la de la rosácea Iglesia del Salvador un Domingo de Ramos en Sevilla, o las hondísimas puertas del tiempo.

La llave misteriosa de Lutgardo García abre la puerta de una fragua abisal, de un estrecho pasadizo que conduce a la historia telúrica de lo jondo. 

Este libro es nuevo, completamente nuevo, a diferencia de los libros de poesía que se publican ahora, los buenos y los malos, este libro no lo has leído antes.

Lorca, en su "Poema del Cante Jondo" escribió los poemas japoneses que dan el cristal del flamenco, pero el mismo era un cantaor preso del duende, sus poemas son flamenco en sí, para decirlo por Kant(iñas); no pocos autores han escrito estremecedores poemas sobre los faraones y las bacantes que rugen en el sur, pero han escrito en realidad de su miedo, del estremecimiento que  sacudió a Rilke cuando se quemó con el baile de fuego de una bailarina española.

Insisto: no lo has leído antes porque no existía nada parecido. Es un discurso lírico sobre la historia, mejor, sobre los héroes, que han dicho su pena en los tablaos y los reservados de los señoritos. Hubiera podido llevar el subtítulo de aquella serie de documentales legendarios: "Rito y geografía del cante".

Asistimos aquí, una vez giramos la llave y su misterio, a una procesión de almas trágicas que desde los coros del infierno y la polifonía de Pound alzan sus brazos y nos toman del rostro para sorbernos el alma mirándonos a los ojos.

No soy aficionado al cante, mi oído es ¡ay, ayayay! demasiado sinfónico, pero siempre me ha estremecido a cuenta gotas, sobre todo cuando descolgada de un balcón se suicida la saeta en los días en los que voy por las calles del centro hasta alcanzar el nivel justo de incienso en sangre. También me ha partido en dos muchas veces una guitarra, porque nací en el país donde florece el limonero.

Gracias a esta llave se ha abierto ante mí una puerta nueva y prodigiosa, quien tras leerlo no reconozca que ha corrido a escuchar las grabaciones remotas de la Niña de los Peines, del Caracol, de Mairena, miente. Es seguro que miente.

Es imposible no querer peregrinar hacia las geografías míticas de este rito ingobernable cuando uno pasa estas páginas. Debes leerlo incluso, y sobre todo, si eres refractario a lo que es mal entendido como castizo o racial.

Para ayudarnos, hay al final del libro un prontuario, que a la manera de los viejos almanaques de las dinastías toreras, con un eco malevo y borgiano, nos ayuda a seguir la estela de unos nombres que los no iniciados desconocemos.

Que el cante, sin grabaciones, haya pasado por la memoria gitana de la estirpe a través de los siglos y los arrabales es algo abrumador y aquí se explica.

Este diccionario del final es otro libro de poemas en prosa.

Pero no he venido aquí a tocar las palmas ni a tocar la guitarra para acompañar al cante, bellísima edición por cierto la de Renacimiento con dos viñetas de Pedro Serna y unas palabras de Juan Lamillar que dan en la hora cabal del libro. 

Dejemos que el poeta se arranque y van aquí dos breves fragmentos, del primer poema del libro y de su correlato en prosa final.

Esta llave misteriosa abra las puertas del cante, y el cante es un abismo que nos supera a todos, porque nace de la sinrazón de la especie, de la locura, de la belleza convulsa, nunca académica, de los ángeles terribles.

LA QUEJA

DESPUÉS que Manuel Torre terminara el dictamen
sobre gallos ingleses y carreras de galgos,
aflojó con torpeza el nudo del pañuelo,
recuperó las nasas de los fondos marinos
y apuró aquella leche de Cazalla con agua
que le encendió en la lengua limaduras de azufre.
Alguien tomó el teléfono y a través de los hilos
de cobre machihembrado corrió, de poste en poste,
la queja de aquel hombre para oírse en Madrid,
en un cuarto encendido. Allí, sobre el piano,
con su bata de seda Federico escuchaba,
como un callado escriba, la voz del Faraón
que al fin había surgido, poderosa, profunda,
como el viento en las cañas de la orilla del Nilo

(…)

MANUEL TORRE: (…) Le llamaban “majareta” por su libertad, su estrafalario gusto por los galgos y los burros y su personalidad, que no atendía a normas sociales. Había que esperarlo hasta que, impulsado por quién sabe que soplo, quisiera cantar. Los que lo escucharon en ese trance –así le ocurrió a Alberti y a Lorca- lo describen como algo grandioso e inolvidables. (…) Sus saetas, en madrugadas de aguardiente y antifaces de terciopelo verde, eran celebradas con pañuelos blancos...


Gracias, Lutgardo García, por esta punta de diamante que hace sonar las circunferencias del alma.


jueves, 4 de mayo de 2017

Abanico

Varillas de marfil
                          -de Filipinas-.
Sobre el país de seda,
motivos orientales:
guirnaldas blancas de camelias
y un largo embarcadero
junto a una hilera de sauces.

Arden en el recuerdo 
la flor de la canela y el bauprés
del galeón lejano de Manila,
y la caña de azúcar y el café
y la hoja dormida del tabaco
por el guadalquivir de las guajiras.

En las tardes de toros y saetas,
¿qué grandes ojos negros ocultaron
las lentas filigranas del nácar y la espuma?   
¿Y qué deseo secreto
moría en el oriente de su ocaso
transparente de bruma?

Abro otra vez el abanico,
el frágil esqueleto de sus flores,
y es como descorrer la vela
de un palacio en ruinas
donde yacen las sombras de otro siglo,
vueltas polvo de oro las violetas del tiempo.

La Sombra.
                 La Sombra vendo.


Abanico de marfil y seda de mi abuela Enriqueta Huelva Bauzano (Sevilla, 1911-1976)

"La sombra vendo", Marifé de Triana

miércoles, 26 de abril de 2017

Arco de triunfo

“Para un andaluz, la felicidad aguarda siempre tras de un arco”
(Luis Cernuda, “Ocnos”)

Para decir la gracia
de esta cimbra de mimbre y rosas rojas
calle el laúd de jade,
aquí no sirven
la claridad del zen y el ikebana.

Para explicar la luz
apresada en las redes de esta pérgola
no basta la razón,
laurel de Grecia,
ni la lira de Safo o la de Alceo.

En cada rama arde
algún verso de Góngora o de Herrera
y coronas de pétalos
imploran a Rioja
la púrpura escarlata del barroco.

Sobre el umbral abierto
de la casa pequeña y encalada
se alza un arco de triunfo
hecho de flores
como jamás lo atravesó Trajano.

La arquitectura crece
de la tierra amasada con el tiempo
igual que un surtidor
y la belleza
se torna inevitable con los siglos.

La eternidad aguarda
tras un arco andaluz de rosas rojas,
de rosas a raudales,
ríos de rosas
en el hondo torrente de la sangre.

Primavera en Sevilla, (JMJ, abril, 2017)

martes, 18 de abril de 2017

Martes Santo

No fumo tabaco, ni siquiera ¡ay! el tabaco azul, antiguo, plúmbeo con su atlántica nube ultramarina de torrefacta intensidad. Soy en cambio un fiel adicto del principio cartesiano que rige con su tortuosa geometría la carrera contra el tiempo en que la ciudad deviene esta semana: incienso, luego existo. Sigo, en esta tarde verde de la Candelaria, en las altas palmeras de los muros del Alcázar de Cristo o en las temblorosas gitanillas de Santa Cruz, la senda inextricable de dos sierpes enlazadas. Como largas vaharadas de verde marihuana el incienso se enrosca al son irisado de los clarinetes que como cigarros puros entonan su lánguida habanera de melancolía. María, en su alto trono de rítmica pureza luminosa aplasta con el dulce nombre de sus ojos a estos largos ofidios de ensueño y perspectiva. Narcotizado, me sumo en un profundo éxtasis en que tililan los astros interiores como otra serpiente de luciérnagas dormidas. Aspiramos el humo y queremos morir de amor ante tanta María.

María de la buena.



domingo, 16 de abril de 2017

Domingo de Resurrección

Lázaro o la hija de Jairo salieron de la muerte, pero volvieron a ella.
La Resurrección cristiana no es una regresión a la vida biológica, es la destrucción absoluta y universal de la muerte.
Esto explica por qué en las Escrituras no reconocen al Maestro aquellas personas que habían compartido con él las últimas horas.
Es, obviamente, una cuestión de fe, pero no guarda relación alguna con el culto a los muertos de primeros de noviembre, ni la proliferación de la ficción "zombie".
Esto, por vía indirecta, como hacen los medios con la glorificación de la magia en las películas infantiles para desarticular el concepto de milagro, no es más que un mecanismo de simplificación relativista, de alguna forma impuesto, para que al repasar los Evangelios procedamos a un análisis de perfil bajísimo, como si se tratara de un cuento de hadas.
Y nadie cree en los cuentos de hadas.
Pero sucede que el mundo es más antiguo que el mundo y que tampoco en la tercera década del imperio se creía en los cuentos de hadas, si acaso se creía en algo.
Jesús resucitado se "manifiesta" no solo a sus discípulos, alguno de los cuáles aún así no creía, sino también a quien no pudo verlo en vida, Pablo, el apóstol de los gentiles, fue el primero en afirmar la trascendencia de la Resurrección, quien solo pudo sentirla como la sentiríamos nosotros.
No escribo esto con ánimo de explicarme a los descreídos ni de reforzar la fe de los creyentes, solo quiero manifestar que los católicos creemos en la razón, en la ciencia, en la experiencia visible.
Decimos, con el joven sabio Pascal que hay razones del corazón que la razón no entiende y que el milagro de la Resurrección cristiana, no es la de ese joven dios primitivo que renace en la mitología, ni la de la primavera que vuelve, en eso es muy fácil no estar de acuerdo. Al cabo nos desintegramos, en el peor de los casos, en el Cosmos.
Creemos en algo más, en la doble intersección de la divinidad en la historicidad del hombre, sucedió en la Encarnación y sucede ahora en la Muerte. El hombre es más que un saco de huesos. Esta evidencia es natural a nuestra condición, como lo es la de nuestra inmortalidad.
Llegados a este punto, y pensando a quienes aún leerán esto enrojecidos o iracundos por lo que considerarán un remedo retórico de la fe del carbonero, acudo a los orígenes: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”, dice el Evangelio en la oscura parábola que más abajo os copio.
Feliz PASCUA DE RESURRECCIÓN
________________________________________-
Lucas 16,19-31 En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: – «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle la llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mi y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. ” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.
 
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