lunes, 7 de noviembre de 2016

Rimas y leyendas (IV)

Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I
III

“Ya sabe, jefe, que durante muchos años mi familia ha vivido de la caridad de las monjas y de las chapuzas que buenamente me empezaron a encargar a mí luego. Aquí he hecho de todo, de electricista a mozo de los recados o fontanero si se terciaba, e incluso de jardinero, antes de que la comunidad abandonara el claustro donde ahora crece la maleza por ruina inminente. Muchas noches de navidad me he camelado a los turistas contando la leyenda del órgano, tal y como la sabía por mi madrina y he ayudado a engrosar la bolsa del aguinaldo, pero nunca había podido acercarme al instrumento que está junto al coro, tras la reja de la clausura. Me decía usted antes que algunos parroquianos se habían quejado de los ruidos, pero no es la guitarra de mi padre, la que siempre viene conmigo y con la que algunos euros me saco por las viejas tabernas del barrio, que ahora llaman gastrobares, lo que han escuchado los vecinos. Yo, hasta ahora que se va a quedar esto completamente abandonado, no me había atrevido a contarle nada, pero hará cosa de unas tres días, cuando empezó a desmontarse el retablo y a retirarse la verja, me vine al coro solo. Sí, sí, ya sé que según la leyenda este no es el órgano de Maese Pérez, pero a mí siempre me ha gustado mucho la música y tenía la curiosidad de saber cómo suena un armatoste tan antiguo. Cuando atravesaba los patios hasta llegar a la Iglesia con la ilusión de tener para mí solo aquel teclado fabuloso ya había salido la luna. Los rosales sin podar y las plantas trepadoras, que han alcanzado las últimas ventanas rompiendo los marcos y los cristales, proyectaban sombras extrañas. Yo sabía por mi madrina que las monjas llevaban varios meses diciendo que había ruidos en el convento e incluso lo vi publicado en internet, de hecho yo mismo me había encargado de alejar de aquí a las cuadrillas de reporteros que cámara en ristre se empeñaban en entrar de noche, por la parte abierta de los muros. El caso es que cuando iba cruzando el compás me invadió de repente un frío terrible, no se escuchaba un alma, solo el eco del crujido de mis pasos sobre la hojarasca. No, no tenía miedo todavía, ¡que yo soy del Vacie, hombre, y he sido cocinero antes que fraile! Y, como se decía antes de que derribaran la Maestranza, en peores plazas he toreado. Pero sí que me invadió, no sé por qué, una tristeza muy grande, como la que tenía mi madre cuando le salían de verdad las siguiriyas. Y me acordé del cuento, sí, de aquella frase que se me había quedado grabado de niño la primera vez que me lo relataron: “las campanas eran tristísimas y muchas”. Creo que perdí la noción del tiempo, permanecí clavado en el centro del claustro, junto a la fuente sellada de azulejos, viendo pasar las sombras. No sé cómo me percaté de que la Iglesia estaba abierta y pensando que podría tratarse de una banda de anticuarios carroñeros no desistí de mi propósito y me abalancé hacia la puerta, que efectivamente estaba entreabierta. Una luz mortecina temblaba en el coro, como la de una hoguera cuando se apaga y aunque apenas podía distinguirse nada entre las sombras, llegué a escuchar el roce de unos dedos huesudos contra las teclas y luego sonó un gemido metálico, lo mismo que una flauta, que fue creciendo poco a poco según se iban sumando los tubos del órgano, muy bajito primero y un poco más fuerte después, pero sin la potencia propia del instrumento. Parecía que la iglesia entera llorase. Entonces se dio la vuelta y me miró, no sé si él pudo ver algo, pero yo vi cómo un rayo de luna cruzó sus ojos blancos, fijos en mí. Y con la sangre helada, salí corriendo, con la música clavada a los oídos.”



Sevilla, órgano de la catedral.
Bach, Tocata y fuga en Re Menor



 
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