domingo, 13 de noviembre de 2016

Rimas y leyendas (V)

Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I



IV
“Madre en la puerta hay un niño…” , sobre un viejo sillón, junto a una mesa camilla presidida por un niño Jesús de barro y una bandeja de polvorones, una mujer muy anciana, de más de cien años quizá, cantaba villancicos con un hilillo de voz profundo y desgarrado que como un río remoto venía de otro mundo, de tardes perfumadas de picón y violetas cuando los campanilleros pasaban las callejas con guitarras, bandurrias, zambombas y botellas de anís cristalizado, anunciando la  Navidad de los pobres.
-¡Niña, coge la badila y atiza las brasas, y acercarme otro dulcecito de las monjas!- Las niñas sonreían porque hacía más de medio siglo que el brasero era eléctrico, pero su abuela, tan vieja como la Giralda, hablaba siempre desde el fondo de los siglos.
-Cuando yo era niña el primer heraldo de la navidad era el perfume de los nardos de la Iglesia de Santa Inés la mañana del dos de diciembre cuando las monjas nos llevaban a ver a doña María Coronel. ¿Vosotras la habéis visto?- Inés y Paloma callaron, no habían querido contarle a su abuela, para que no sufriera, que al convento apenas le quedaban unas horas y que el cuerpo incorrupto de María Coronel, la fundadora de Santa Inés, que había arrojado a su rostro aceite hirviendo para aplacar el deseo de un rey justiciero y cruel, ahora yacía arrumbado en el almacén del museo arqueológico provincial, junto a tinajas, yeserías, cancelas y azulejos góticos.
-Las tardes de diciembre estábamos todas muy nerviosas y apenas nos concentrábamos en la labor de costura, el convento era un batiburrillo de gente que iba y venía a por los dulces y por el nacimiento, que era cosa digna de verse, con figuras gigantes que nosotras ayudábamos a vestir. Y luego, la noche de Nochebuena mi padre, que era el médico de las monjas, cada año y sin excepción, nos leía, antes de salir arrecidos de frío a la misa del gallo, la leyenda de Maese Pérez y recuerdo que me moría de miedo solo de pensar que en el momento de la Consagración, cuando sonaba la campanilla, pudiera atronar en las bóvedas de la iglesia la música increíble de aquel fantasma ciego, por más que supiéramos que aquel no era su órgano y que nadie tocaba aquel otro instrumento que también tenía una montaña de siglos. ¡Ay qué no daría yo por acercarme a Santa Inés alguna Nochebuena antes de dejar este mundo!
-Calla, abuelita -decía su nieta Inés- no pienses cosas tristes que tú no te vas a morir nunca y aquí estamos nosotras para cantar contigo villancicos. Y, de repente, las tres se pusieron a llorar mientras desenvolvían el terso papelito que tras los cándidos pliegues, custodiaba el cabello de ángel, como el último oro traído de las Indias. Entonces saltó Paloma, su otra nieta:
-¡Ahora mismo nos vamos a Santa Inés!
-¡Pero tú estás loca, hermana, si la abuela apenas puede andar!
-¡Nos vamos a Santa Inés, hoy es Nochebuena, son casi las doce de la noche y allí es donde vamos a ir!
“Madre en la puerta hay un niño…”, la abuela volvía a cantar y las hermanas se miraron llorando y riendo al mismo tiempo, porque una estrella de azúcar se había posado en los ojos de ambas y había encendido esa chispa que hace avivar el picón del alma cuando el frío se clava en los huesos.
Y salieron, no sin antes encender, por consejo y prevención de la abuela, una pequeña vela en la cancela cuya llama temblorosa y mortecina alumbraba un azulejo del Gran Poder.


Santa Inés, Zurbarán, Museo de Bellas Artes de Sevilla

"Madre, en la puerta hay un niño", Villancico Andaluz, por Raya Real
 
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