lunes, 5 de diciembre de 2016

Rimas y leyendas (VII)

Capítulo V
Capítulo IV
Capítulo III
Capítulo II
Capítulo I

Pero nadie contestó a la imprecación de la vieja. La portada de la iglesia, por donde antes había asomado apenas un nimbo de luz, se retorcía ahora como las ánimas del purgatorio al trémulo resplandor de aquella lámpara de aceite. Sobre la yesería del dintel temblaba en su escudo el corderito encalado. Una niebla espesa y húmeda crecía en el atrio enroscada a las llamas del candilejo. Tras la última campanada el silencio resultaba atronador y las mujeres podían oír el latido asustado de sus corazones. La vieja volvió a vociferar, esta vez en dirección a la calle:
-¡Y vosotras, sombras! ¿No acudís? ¿Tan grato os resulta acaso vuestro lecho de piedra y liquen que ya ni siquiera visitan los gusanos?
Otra racha de frío atravesó el compás mientras el eco de aquellas palabras reverberaba entre los muros. Pero esta vez sí hubo respuesta, unos pasos de hierro sincopados se arrastraban como cadenas, más cercanos y fuertes por momentos.
-¿Quién osa convocarme en esta noche de perros?
Una voz masculina y gutural retumbó en la arcada del umbral, pero la niebla no dejaba ver más. La vieja replicó:
-¿Aun lleváis la cabeza sobre los hombros, Rey Don Pedro? ¡Todavía os suenan las rodillas!
Antes de que el caballero, encorvado por el peso de la armadura, pudiera echar mano a su espada como le dictaba su cólera una sonora carcajada femenina, descarada y sensual, irrumpió en el atrio a su espalda:
-¡Ay, don Pedro, ¿por qué no brinda a esta dama su manto de armiño que está la noche fría?
-¿Y que me ofrecéis a cambio vos? – dijo el monarca cambiando rápidamente su atención hacia ella.
-Esta hierba de fuego que aún no conocéis, este cigarro puro liado en estos muslos de canela. ¡Bien pronto recobraríais el vigor de vuestra espada!
Detrás de las macetas, bajo la niebla, las niñas y las abuelas permanecían quietas como estatuas, a la larga voluta del tabaco que se perdía en el cielo sucedió, sin embargo, un imprevisto aroma de rosales regados, igual que una pequeña primavera.
-¿No os ha enseñado nada la muerte, Carmen? –Otra figura más se adentraba en el convento, severo y negro el hábito, con la rosa roja de Calatrava bordada en la manga.
-¿Y a vos quién ha dado vela en este entierro? – Preguntó el monarca.
-Calle don Pedro, calle –añadió Carmen enojada- que este mojigato no sabe de otra cosa que no sean pústulas y exequias. ¿Verdad, don Miguel? ¿O acaso debería llamaros don Juan? Sí, olían de maravilla vuestras flores, las que cortamos juntos y las que plantaste después, pero eso también ha pasado in ictu oculi. ¿No ignoraréis que a vuestra Hermandad de la Caridad se la ha tragado la tierra y que ya no crecen allí vuestras rosales?
-¡Eso no es verdad!- gritó la abuela desde su escondrijo.
-¡Chsss!, Calla abuelita, calla- dijo la mayor de las hermanas- ellos no pueden oírnos. Inútil será explicarle que aún florece el esqueje que dejó plantado nuestro padre en el balcón junto al naranjo chino.
Desde la puerta de la iglesia, la vieja volvió a gritar alzando el candilejo:
-¿Estamos todos, pues?
-¡Estamos!- Una voz más fuerte y profunda, herida de siglos de muerte y de dolor siguió diciendo:
-¡Ordene otra vez que abran la puerta, señora! Nadie tiene más autoridad aquí que yo, servidor de todos ustedes. Yo, Fadrique, hijo del Santo Rey Fernando y hermano del vil Alfonso quien manchó su doctas manos de erudito con mi sangre. Míos son, por derecho de conquista, estos cuarteles y manzanas. Desde mi alta torre condenada he visto todo cuanto ha sucedido en Sevilla desde hace casi ocho siglos y no quiero marchar al otro mundo, ahora que hemos llegado sin remedio a las postrimerías de la ciudad, sin escuchar una vez más al bueno de Maese Pérez. ¡Aplacad vuestras disputas y poned freno a vuestras pasiones, pues habéis de limpiar primero el alma! ¡Vamos adentro!
El viento apagó el candil y todo quedó sumido en la oscuridad y la niebla. La vieja golpeó tres veces la aldaba y la puerta de la Iglesia de Santa Inés se abrió de par en par, como una gruta encendida.
-Ay, hijas, que la monja que ha abierto la puerta me parece a mí que ha sido la momia de Doña María Coronel, ¿no habéis visto su rostro desfigurado por el aceite hirviendo? Volvamos a casa que ya hemos tenido suficiente.

-Ahora ya es tarde, abuela- dijo Paloma, la menor de las hermanas- son las doce de la noche, estamos en Santa Inés y va a empezar la Misa del Gallo, aquel anciano ciego que pasa por el crucero ayudado por una joven que parece su hija se está acercando al órgano, y en los bancos donde están arrodillados los fantasmas de la ciudad hay también un hueco para nosotras. Nos están haciendo señas. 

Iglesia de Santa Inés en el interior del Convento, (Fotografía: JMJ, 3 de diciembre de 2016)


Saint Säens: Tercera Sinfonía, con órgano, cuarto movimiento, final



 
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