viernes, 8 de septiembre de 2017

Blanco (II)

“Bajando estoy el valle de la vida…”, ¿hacía ya cuántas décadas había escrito estas palabras en aquella lengua para la que no estaba destinado? Miraba la nieve. Todo era ya blanco. Blanco como aquella estrechez misteriosa de las callejas encaladas por las que había perseguido en su juventud el claro perfume de las varas de limones y naranjos cuyas copas lejanas, separadas por las altas tapias de los conventos, también se cubrían de copos delicados, frágiles como su corazón de niño consentido por unos padres amorosos a los que había defraudado. ¿Pero puede existir fraude cuando se ha de escoger entre la verdad o la vida? Ahora sabía que sí, pero también que nada había sido en vano y que había sido necesario tomar la diligencia de Madrid, abandonar la fe, entregarse a los excesos de la carne y la política, huir frente a las bombardeadas costas de la patria, cambiar de idioma -aunque hubiera sido también siempre el de su sangre- cambiar de religión, cambiar de nombre y otra vez cambiar, cambiar, cambiar de país, de isla, de credo, de familia. 
La conciencia errante iba con él y por escuchar su voz rectísima, sin atender a los cantos de sirena de otros magisterios más amables o poderosos, había transitado  las vías más amargas que conducen a la verdad. Su existencia, cimentada sobre el rencor contumaz de sus compatriotas y correligionarios, había sido una renuncia permanente y le había proporcionado una buena gavilla de afrentas y polémicas públicas. Pero, ahora, en este preciso instante, ante la blancura inmaculada de los campos ingleses en invierno, qué poco importaba todo aquello. Ahora, todo era blanco, sí, blanco como el Santo Sacramento ante que el tantas veces se postrara de joven con un sentimiento mezcla de horror y de culpa.

[Continuará...]
"La Torre del Oro", David Roberts, Museo del Prado.

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