lunes, 4 de septiembre de 2017

Blanco (I)

“El crepúsculo nórdico, lento, exige
 A su contemplador una atención asidua” 
 (Luis Cernuda, “Desolación de la Quimera”) 

A duras penas pudo apartar los visillos para contemplar el paisaje, rojizo por el último sol de la tarde: el hayedo lejano, desprovisto de hojas, como un ejército de esqueletos apostado sobre las lomas cobrizas y, más cerca, bandas sucesivas de árboles y prados de un verde oscurecido.

Se miró las manos nuevamente, como había hecho hacía un instante cuando había dejado caer al suelo la última taza temblorosa de té. -No volveré a escribir-, pensó mientras observaba los dedos engarrotados, viejos y sarmentosos. 

Aunque los días no eran enteramente tristes, porque la visión del campo elevaba su espíritu, pensó que en otras fechas y en muchas más casas y lugares de los que su mente nublada podría recordar ahora, habría hecho sonar el violín. -¿Qué habría tocado? –se decía-. Seguramente alguna romanza de su tierra, una de aquellas coplas de su madre cuya espontánea alegría aún llevaban después de tantas décadas, algo de calor a su corazón. 

Hacía frío y los ventanales se habían empañado por el humo del té. Oscurecía, pronto alguna de las almas amigas que lo cuidaban acercarían a su sillón una lámpara de aceite, pero apenas tendría fuerza para leer. Aunque era ya avanzado el mes de febrero le pareció que nevaba. Acercó los ojos, vivos como candelas al mirador y con el puño apartó el vaho de los cristales. Algunos copos breves se mecían como pétalos o plumas, zarandeados por el aire. 

Nevaba. Sí, nevaba mansamente en Inglaterra.

[Continuará...]

"Old Sarum", acuarela de John Constable

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