lunes, 20 de noviembre de 2017

Blanco




“El crepúsculo nórdico, lento, exige
 A su contemplador una atención asidua”

(Luis Cernuda, “Desolación de la Quimera”)

A duras penas pudo apartar los visillos para contemplar el paisaje. La última luz de la tarde caía a lo lejos sobre el hayedo desnudo. Bajo un cielo gris lechoso los árboles parecían un ejército de esqueletos apostado en la loma. Más cerca se sucedían otras bandas de setos y de prados de un verde más intenso hasta llegar al pie de aquella casa en la campiña. Oscurecía y hacía frío. Pronto alguna de las almas amigas que lo cuidaban acercarían a su mesa una lámpara de aceite, aunque no tenía ya fuerzas para leer. Dio un sorbo tembloroso a la taza de té, pero al tratar de devolverla a la bandeja la dejó caer al suelo. “No volverás a escribir”, se dijo mientras observaba sus dedos engarrotados y sarmentosos. Con la mano huesuda limpió lentamente el vaho de los cristales empañados por el humo de la tetera como quien aparta una telaraña del pensamiento. Acercó otra vez los ojos, vivos como candelas, a los ventanales y miró aún más profundamente hacia los páramos.
Nevaba. Algunos copos breves se mecían como pétalos o plumas, zarandeados por el aire. Conocía esa danza. El perfume cítrico de la infusión derramada inundaba la estancia y ante su mirada una cascada de flores blanca caía de las altas copas del recuerdo. De nuevo ante sí veía las claras varas de limoneros y naranjos saltando las tapias de los conventos, cubiertas de copos de azahar, delicados y frágiles como su corazón de niño cuando pasaba por la estrechez misteriosa de aquellas callejas encaladas.
Nevaba, sí, nevaba mansamente en Inglaterra, pero la nieve caía en la memoria.
“Bajando estoy el valle de la vida…”, ¿hacía ya cuántas décadas había escrito estas palabras en aquella lengua del norte que era la melodía de su sangre, pero no el idioma de su patria? Ahora, después de tantas tribulaciones y sufrimientos, cuando había dejado de importarle el juicio de los hombres y las mentiras de los clérigos; ahora que había abandonado el estudio y la controversia, libre por fin del rencor contumaz de sus compatriotas y correligionarios; ahora podía descender en soledad y libremente al Valle de Josafat a la espera del único tribunal que podía aceptar una conciencia errante.
La visión inmaculada de la nieve elevó su espíritu y le hizo olvidar por un instante los terribles dolores que lo prostraban, pensó en cuánto le gustaría poder hacer sonar otra vez su violín. Desde que siendo muy niño hubiera escuchado en las profundas naves de la catedral al órgano majestuoso y a los coros cristalinos de la capilla real la música había sido su más seguro refugio. Gracias a la música y gracias a la belleza apolínea y convulsa de la liturgia católica había podido soportar toda aquella juventud de casullas y sacristía. Gracias a su violín había podido hacer frente a los crepúsculos boreales y a los funerales graznidos de los cuervos anglicanos que se habían cernido sobre su trasterrada madurez.
“¿Y hoy qué tocarías?”, se preguntaba su mente nublada por la nostalgia. Seguramente una romanza de su tierra, una de aquellas coplas de su madre cuya espontánea alegría aún llevaban después de tantas décadas algo de calor a su corazón. Cerró los ojos y volvió a escuchar la voz de ella que cantaba. Todo el candor de la nieve se transformaba en luz del mediodía y él era un niño que saltaba sobre esa luz de los patios bajo la vela y abrazaba la cintura de su padre, siempre tan grave como piadoso y cuyos severos consejos volvía a desoír.
Las lágrimas rodaban por las mejillas rugosas de aquel niño anciano, pero su débil sollozo no alarmó a nadie en la casa. De todas las derrotas de la vida aquella era la única que ahora le importaba. No se había perdonado nunca haber defraudado a aquellos padres que tanto amor y tantas ilusiones habían depositado en él.  ¿Pero puede en verdad existir fraude cuando se ha de escoger entre la verdad o la vida? Ahora sabía que sí, pero también que nada había sido en vano y que había sido necesario tomar la diligencia de Madrid, abandonar la fe, entregarse a los excesos de la carne y la política, huir frente a las bombardeadas costas de la patria, cambiar de idioma -aunque fuera también el de su sangre- cambiar de religión, cambiar de nombre y otra vez cambiar, cambiar, cambiar de país, de isla, de credo, de familia.
¿Había merecido la pena escuchar siempre a la rectísima voz de su conciencia  sin atender nunca a los cantos de sirena de otros magisterios más amables o poderosos?  De eso no podía estar seguro, por su culpa había transitado  las vías más amargas que conducen a la verdad y su vida había sido una renuncia permanente, sin más concesiones que la de un amor tormentoso y sacrílego.
Pero ahora nevaba. Sí, nevaba mansamente en Inglaterra.
Y ante la blancura invernal del campo en Inglaterra ¿qué podrían valer ahora aquellas lágrimas o los dorados recuerdos de la más alta torre y las palmeras del sur? Una bandada de patos silvestres cruzaba el horizonte que ya rayaba la noche. También era blancos. Porque ahora ya todo era blanco. Sí, blanco como el Santo Sacramento del Altar ante el que tantas veces se postrara de joven con un sentimiento mezcla de horror y de culpa. Blanco como la espuma que azota los acantilados de Irlanda y las costas de Inglaterra que lo separaban de la patria. Cegadoramente blanco como la vida y oscuramente blanco como la muerte.
Todo era Blanco.
Blanco.

 [José María Blanco Crespo –José Blanco White- nació en la calle Jamerdana, esquina con la actual calle Ximénez de Enciso del Barrio de Santa Cruz de Sevilla el 11 de julio de 1775 y murió el 20 de mayo de 1842 en Greenbank, no lejos de Liverpool, en la campiña inglesa, al cuidado de la familia Rathbone, de confesión unitarista quien se hizo cargo de él desde el frío febrero de aquel mismo año cuando perdió todas sus facultades físicas tras una década de extremo sufrimiento, soledad y necesidad por fidelidad a su conciencia. Autor de un inmortal soneto en la lengua de Shakespeare que aún los niños británicos estudian en las escuelas, fue odiado y secretamente admirado por el ínclito y nunca suficientemente venerado Marcelino Menéndez Pelayo, martillo de herejes, quien le dedicó algunas de las más celebradas páginas de esa magna obra, precursora de los artificios borgianos, que es la Historia de los Heterodoxos Españoles. Irregularmente reivindicado por autores como el poeta español Luis Cernuda o el escritor marroquí Juan Goytisolo, quienes obviaron, más el segundo que el primero, la dimensión cristiana y trascendente de su obra. Escribió, también en lengua inglesa las “Letters from Spain”, el testimonio más vivo de la ciudad de Sevilla en el siglo XIX y una de las cumbres de la literatura romántica española junto con las "Rimas y Leyendas" de Gustavo Adolfo Bécquer, con quien merece, por propio derecho, compartir la cima del parnaso de Sevilla en cuya catedral sirvió como Sacerdote Católico y Capellán Magistral de la Real Capilla de San Fernando antes de incurrir, sucesivamente, en un breve ateísmo (probablemente instilado por un demonio erótico que le propició un hijo natural) y las herejías anglicana y unitarista que lo llevaron al exilio en Inglaterra e Irlanda de donde era oriunda su familia, descendiente de aquellos católicos irlandeses que fueron acogidos por la corona de España durante los años de terrible persecución religiosa promovida por la pérfida Albión.

Laus Deo]

José Blanco White (Sevilla, 1775 - Liverpool, 1842)
Placa en la casa natal de JMBW, esquina Jamerdana con Ximénez de Enciso



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