domingo, 10 de diciembre de 2017

Un cuento botánico de Navidad

La tarde, fría y desangelada, no parecía la de la Nochebuena. Llovía a ratos y el agua gélida iba formando charcos negros que copiaban los reflejos amarillos de las farolas y del tristón alumbrado navideño de esta parte de la ciudad.

Volvía a casa con los pies congelados, agotado de los trámites sociales de las fiestas, cuando me acordé de improviso de que no había recogido el centro de flores naturales que había encargado para la cena familiar.

Siempre he militado en la facción decorativa, mi reconocida incapacidad para las tareas gastronómicas me aleja preventivamente de la cocina los días de Navidad. Este año, sin embargo había tenido poco trabajo, las niñas habían crecido y habíamos decidido abandonar definitivamente las luces parpadeantes y el muérdago de plástico.

Cuando una costumbre o tradición se extingue le suele suceder otra peor y, así, sin darnos cuenta, nuestros modestos adefesios luminosos y las figuras de plástico de nuestro nacimiento, que tantas horas de felicidad nos habían regalado, habían sido  sustituidos por un espléndido, pero impasible, belén de barro y una doméstica sofisticación snob, con ribetes del “Hola”, de la que aquel centro floral, ahora olvidado, no era el síntoma menor.

Hice varias llamadas a la floristería, pero ya era tarde. Creo que en el fondo me alegré y aunque siempre le he tenido manía a la flor de pascua, que los botánicos designan con el nombre científico de Euphorbia pulcherrima y es conocida en las floristerías de todo el orbe con el afectado nombre de poinsetia,  no tuve más remedio, para salvar mi honra doméstica, que encaminarme al bazar chino del barrio para hacerme con una de esas plantas que en estos establecimientos se venden en cantidades industriales y a muy poco precio.

Cuando llegué a la tienda un anciano quijotesco cubierto con una capa española se estaba llevando la última que quedaba. Ahí donde nunca había faltado esta flora de atrezzo -entre las preteridas luces led y las fulgurantes estrellas de plástico- había ahora un abismal vacío botánico.

Escuché cómo nuestro caballero andante, mientras terminaba de pagar, le contaba una historia al dependiente, que asentía a todo muy atento con el habitual mutismo y gracejo asiático:

-Ignoro si los aztecas llegaron a derramar la sangre de sus sacrificios sobre este lecho de hojas verdes coronadas de rojo, pero le puedo asegurar que, contrariamente a lo que mucha gente cree, pocas costumbres existen más católicas que esta de adornar por Navidad la casa con esta planta, ¿sabía que los misioneros franciscanos españoles engalanaban sus modestas iglesias coloniales, hechas de adobe y madera, con esta flor de la nochebuena o pastora como la llaman allí? La gente piensa que esto es algo también de los Estados Unidos porque los yanquis empezaron a comprar plantaciones enteras en Méjico y a sacarlas en sus especiales navideños de televisión. Hicieron con ella lo que la Coca-cola había hecho antes con San Nicolás, que por si no lo sabías, hijo, era, además, prelado. Yo, como soy cristiano viejo, siempre había tenido esta planta por una especia invasiva, -otra más-, de los americanos; una sucursal portátil si me apuras de  las protestantes ramas del árbol de navidad, pero desde que leí esta historia en internet, la planta, antes proscrita, no puede faltar en mi casa en Nochebuena, es más, siempre llevo conmigo una a la Misa del Gallo para ponerla a los pies de Jesús..

Resultaba entrañable escuchar al caballero tridentino. La historia, además, era bonita y pensé que me gustaría contársela a las niñas durante la cena. De manera que lo que antes no era más que un compromiso se convirtió en un fuerte antojo. Tenía que conseguir como fuera una poinsetia porque mi imaginación volaba ya por las sierras y los volcanes mejicanos, soñando con altares colmados de estrellas rojas que adoraban al Niñodios que había bajado al trópico desde los altos montes de Judea.

Pero lo dicho: junto a mí, solo había un abismo vegetal. Tras mucho suplicar, el dueño del negocio rebuscó en los almacenes y, harto ya de mí, finalmente me trajo un escuchimizado y escuálido matojo, sin una sola de las características brácteas rojas, y con tal de deshacerse de mí ni siquiera me cobró los pocos euros que no llegaba a costar. Eso sí, con el habitual mutismo y gracejo asiático.

Una vez en casa y superadas las esperables chanzas a costa de mis perpetuos despistes la planta sin flores quedó a los pies del portal, de barro, como se ha dicho, y nos dispusimos a cenar.

Nunca llegamos a saber qué sucedió luego, ni pudimos jamás explicar cómo aquella noche, antes fría y desangelada, después de habernos acostado más pronto que de costumbre, acudimos todos a la vez junto al belén, aún de madrugada, abandonando las sábanas y el sueño. Simplemente estábamos allí, con las manos enlazadas y  la sensación de que unas brasas invisibles hacían arder nuestros corazones unidos mientras rodeábamos el nacimiento.

Todas las luces de la casa estaban apagadas, pero el salón resplandecía.

 Porque una estrella reluciente había surgido de entre aquellas ramitas y hojas esmirriadas y ahora irradiaba el pesebre con un rubor rojizo, suspendida ante nosotros como un ángel, anunciando a todos los hombres de buena voluntad que no había en el mundo ninguna tierra tan dura, ningún lecho de hojas tan estéril, que no pueda florecer cuando lo alcanza el Amor. 



Euphorbia pulcherrima  
Rose Marie James | American Society of Botanical Artists

4 comentarios:

Jesus Cotta Lobato dijo...

Desde hoy me propongo tener en la mayor estima la Euphorbia Pulcherrima. Gracias por este precioso cuento de Navidad.

José María JURADO dijo...

Gracias, Jesús

Mora Fandos dijo...

Precioso cuento, José María, por el ritmo narrativo, y porque como dice Paul Ricoeur, la lectura es el encuentro entre el mundo del texto y el del lector, y el mío ha podido venir a este, tan acogedor.

José María JURADO dijo...

Gracia, José Manuel, qué alegría, Feliz Navidad.

 
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